Eclecticismo e Integración: Concienciarse de los peligros

ARNOLD A. LAZARUS.

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Artículo publicado en:
REVISTA DE PSICOTERAPIA 
 
 
 INTRODUCCIÓN

Un hombre entra en un bar, y después de pedir una cerveza al camarero, empieza a contarle su desgraciada historia. Sus padres, enfermos y de edad avanzada, empeoraban día a día, hasta que llegó el momento en que fue necesario trasladarlos a una residencia en New Jersey, donde vivían sus tres hijos. Todo esto requirió varios viajes de ida y vuelta, negociaciones con el personal de la residencia, la cancelación del alquiler de su apartamento en Florida y la disposición de sus bienes. A pesar de tener un hermano y una hermana éstos poco le ayudaban. Sus hermanos viven a no más de 10 y 15 minutos de la residencia, pero casi nunca visitan a sus padres, mientras que él intenta verles al menos cuatro veces por semana. A la larga se ha enfadado con sus hermanos, debido a su aparente falta de interés. Su mujer también comparte su resentimiento; pero por otra parte le recrimina que no haya insistido más a sus hermanos que le ayuden a soportar la carga. “No me siento a gusto,” dice, “estoy enfadado, confuso, preocupado y deprimido.”

El camarero, un chico que ha dejado sus estudios, le proporciona un par de consejos. “Creo que como hermano mayor,” dice, “tendría que cantarles las cuarenta y ocuparse de que de ahora en adelante también carguen con sus responsabilidades”. ¿Está llevando a cabo este camarero algún tipo de “psicoterapia?” Cualquiera que sea el nombre que le asignemos, este proceso -un ser humano contando a otro sus problemas, expresando su tristeza y ansiedad y recibiendo apoyo y consejo a cambio- ocurre ya desde tiempos inmemoriales.

¿Qué pasaría si el camarero fuera un terapeuta rogeriano o centrado en la persona haciendo horas extras? Rezumaría empatía y afecto para evitar darle consejos pero reflejaría el estado afectivo del cliente. “Veo lo preocupado que estás,” podría decir, “lo enfadado, confundido y molesto que estás.” ¿Sería esto psicoterapia?

Quizás el camarero, bien informado sobre la teoría de sistemas familiares, podría decir, “me parece que tú y tus hermanos formáis un triángulo. Como hermano mayor, te toca el papel de cuidador y lo haces con un sacrificio considerable”.

Un camarero emotivo-racional señalaría que se está enfadando y preocupado, debido a los imperativos categóricos a los que se somete, y seguramente buscaría dónde está escrito que sus hermanos tienen o deberían ayudarle, o por qué tiene que visitar a sus padres cuatro veces por semana.

Si el camarero fuera un terapeuta conductual, quizás resaltaría la falta básica de asertividad del cliente y le propondría algún juego de rol y representación conductual. Y así continuaría.

La orientación del terapeuta determina, en mayor parte, cómo, qué, cuándo, por qué, y bajo qué circunstancias se dicen o no ciertas cosas, y si se aplican o no determinadas tácticas. El abanico de estrategias invocadas en la “psicoterapia” es muy amplio. Puede ir desde una escucha pensativa hasta una histriónica sesión de gritos y golpes. Pero, ¿hay algún modo correcto o mejor de proceder? En nuestro ejemplo hipotético, ¿sería la actuación del camarero sin estudios mejor o peor que la de sus contrincantes preparados profesionalmente? Strupp y Hadley (1979) fueron de los primeros en demostrar que un grupo de terapeutas profesionales no necesariamente obtienen mejores resultados que profesores sensibles que no tienen ninguna preparación terapéutica. Pero esto encierra una trampa.


 

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REVISTA DE PSICOTERAPIA
 Vol. VI. Núm. 24. 1995

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